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martes, 6 de julio de 2021

¿Seria fantasma?

                                                               
      

 ¿SERÍA FANTASMA? George Loring Frost  


    Al caer de la tarde, dos desconocidos se encuentran en los obscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo: –Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas? –Yo no –respondió el otro–. ¿Y usted? –Yo sí –dijo el primero y desapareció.

Leyenda El Águila de los Comechingones

                             


               

 Cuenta la historia que cuando se instalaron los españoles en América y la sangre aborigen comenzó a correr por los valles y tiño de rojo los ríos y arroyos que serpenteaban entre las tierras, los Comechingones recordaron la leyenda del águila que había escuchado de sus abuelos.

 

os niños daban largos paseos por el campo marciano. De cuando en cuando abrían las olorosas bolsas de papel y metían allí las narices, y respiraban el penetrante aroma del jamón y de los encurtidos con mayonesa y escuchaban el gorgoteo de la naranjada gaseosa en las botellas tibias. Balanceaban las bolsas de comestibles, repletas de cebollas verdes, acuosas y limpias, de olorosas salchichas, de roja salsa de tomate y de pan blanco, y se desafiaban mutuamente a desobedecer las órdenes severas de las madres. Corrían gritando:

-¡El primero se lleva todo!
Paseaban en verano, en otoño o en invierno. En otoño era más divertido, pues imaginaban entonces que arrastraban los pies entre las hojas otoñales de la Tierra.
Los niños de ojos de ágata azul, con las mejillas hinchadas de caramelos, lanzándose órdenes teñidas de cebolla, se desparramaban como canicas sobre las calzadas de mármol, a orillas de los canales.
Cuando llegaban a la ciudad muerta, a la ciudad prohibida, ya no era hora de gritar: «¡El último que llegue es una mujer!» o «¡El primero que llegue hace de músico!». Las puertas de la ciudad abandonada estaban abiertas para ellos y creían oír unos tenues crujidos en el interior de las casas, como hojas de otoño. Avanzaban imponiéndose silencio, unidos codo con codo, agitando sus Palos, recordando que sus padres les habían dicho: «¡Allá no! ¡A ninguna de las ciudades viejas! Cuidado adónde vas. Recibirás la paliza más grande de tu vida cuando vuelvas a casa. ¡Te miraremos los zapatos!».
Allí, en la ciudad muerta, un montón de niños, con sus meriendas a medio devorar, se desafiaban los unos a los otros, con agu dos cuchicheos.
-¡Aquí no hay nada!
Y de pronto uno de ellos echaba a correr y entraba en la casa d piedra más próxima, cruzaba la sala y entraba en el dormitorio sin mirar alrededor comenzaba a dar puntapiés y a moverse con pasos arrastrados, y las hojas negras y quebradizas, finas como j rones de un cielo de medianoche, volaban por el aire. Detrás d ese niño corrían otros seis, y el primero hacía de músico, tocando los blancos huesos xilofónicos que yacían bajo los copos cenicientos. Una enorme calavera aparecía a veces rodando, con una bola de nieve, y los niños gritaban. Las costillas parecían patas de araña y lloraban como un arpa de sonidos apagados, y lo negros copos de la mortalidad volaban alrededor de la arrastrad danza de los niños. Se empujaban unos a otros y caían entre la hojas, en la muerte que había transformado a los muertos en copos y sequedad, en un juego de niños con estómagos donde goteaba la naranjada gaseosa.
Y salían de una casa para entrar en otra, y así visitaban diecisiete casas, recordando que los horrores de todas las ciudades negra serían eliminados por los bomberos, guerreros antisépticos arma dos de palas y cajones, apartando con las palas los andrajos d ébano y las barras de menta de los huesos, separando lenta y eficazmente lo terrible de lo normal. De modo que los niños tenía que jugar de prisa, ¡pues muy pronto llegarían los bomberos!
Luego los niños, de rostros luminosos de sudor, mordisqueaban el último emparedado. Y después de un puntapié final, de un último concierto de marimba, de una última arremetida al montón de hojas otoñales, volvían a sus casas.
Las madres les examinaban los zapatos en busca de copos negros, y una vez descubiertos, venían los baños calientes y las palizas paternas.
A fines de ese año, los bomberos habían rastrillado las hojas secas y los blancos xilófonos, y se había acabado la diversión.



Los tres cosmonautas- Umberto Eco









Los cosmonautas se sintieron tristes y perdidos en la oscuridad. Pero inmediatamente entendieron que estaban sintiendo lo mismo. Sonreían por primera vez desde que habían pisado el extraño planeta. Al rato encendían juntos un hermoso fuego y cada uno cantaba canciones de su país.


La Soga de Silvina Ocampo

 Un niño encuentra en una soga la compañera de sus juegos solitarios: la soga es hamaca, es liana y finalmente se convierte en serpiente. ... El cuento trabaja sobre la narración de esta relación íntima entre el niño y su objeto de atención y dedicación mayor, sobre los rasgos vitales de que el niño va dotando a la soga




lunes, 5 de julio de 2021

La chica del kiosco - Elsa Stefansdottir

 

Elsa Stefánsdóttir nació y vive en Islandia, donde expone sus obras (es escultora) y escribe libros de cuentos. Está casada con otro escritor, que es dramaturgo. Y es casi todo lo que se sabe de ella. Este cuento fue escrito en inglés (traducción de Angélica Gorodischer).

Algunos de nosotros sospechamos que no existe esta islandesa, otros confiamos en que sí. A todos nos incomodan las chicas que se sacan la cabeza.


La Chica del Kiosco

 Pasó una cosa rara una vez en un pueblito que quedaba en una de las regiones más lejanas de Islandia. Fue a principios de siglo cuando no había teléfonos ni radio ni televisión, cuando no había nada que salvara a los que vivían en esos pueblos de la pesada tristeza que va devorando el alma. Era el momento más sombrío del año, cuando nunca se ve el sol y la semioscuridad llena todos los recovecos de la vida. Todo parece dejar de respirar, helado e inmóvil, hasta que de pronto cae la lluvia y la cara del Ártico se convierte en un revoltijo de humedad, mugre, oscuridad y desesperanza. Entonces empieza a nevar y en derredor las empinadas laderas de los montes son el interior blanco de un gigantesco ataúd. El mundo se congela otra vez, vuelve a llover, nieva; parece que nunca se van a terminar esas malditas desdichas. Es el momento del año en el que muchas de las gentes que viven en esos pueblitos dejan de hablar. Cuando se encuentran en las calles, miran hacia delante o hacia abajo en impenetrable silencio, los dientes apretados. Otros se quedan días enteros en la cama, las cabezas tapadas con las cobijas. Es tiempo de odio, de venganza, violación y locura. También es tiempo de fantasmas.

En ese pueblo vivía una chica. Era la empleada del único kiosco del pueblo. Si bien los que vivían allí se arrastraban tarde o temprano hasta el kiosco aunque más no fuera para tratar de mantener el latido de la poca vida que les iba quedando, la chica estaba sola la mayor parte del tiempo. Y se sentía, en esos meses más oscuros del año, tan llena de tristeza como cualquier otro. Uno de esos días en los que estaba sola, comiéndose las uñas como siempre, totalmente embobada, sucedió algo espantoso: un fantasma entró al kiosco. Era un fantasma que había andado por toda la costa matando literalmente de miedo a la gente con algunas cochinas tretas. Pero como este pueblo estaba tan aislado, nadie había oído todavía nada de sus roñosas hazañas.

El fantasma se acercó a la chica llevando su cabeza bajo el brazo y le preguntó:

–¿Tiene hilo de coser?

–¿Qué clase de hilo? –preguntó la chica mirando la cabeza bajo el brazo sin pestañear siquiera.

–Tengo que coserme la cabeza al cuello –dijo el fantasma, y bajo el brazo la cabeza le hacía horribles muecas burlonas a la chica.

–¿Qué prefiere? –dijo ella–. ¿Hilo blanco o hilo negro?

El fantasma se quedó alelado. Había andado matando a la gente por la costa sólo con jugarle esa mala pasada: se morían nomás, de un ataque al corazón. Pero ahora, aturdido y sin saber qué hacer, solamente atinó a agarrar la cabeza y sacudirla frente a la chica. La chica se sacó la cabeza. El fantasma nunca había visto a una persona que pudiera sacarse su propia cabeza como hacen los fantasmas, así que se puso pálido de miedo y sintió que un escalofrío le corría por la descabezada espina dorsal. Dejó caer la cabeza al suelo, salió corriendo del kiosco y nunca más se lo volvió a ver.

La chica se puso su cabeza, levantó la cabeza del fantasma, le envolvió en papel marrón y la tiró en el montón de basura detrás del kiosco. Volvió al mostrador y empezó de nuevo embobada a comerse las uñas. No le contó a nadie lo que había pasado.

Siguió trabajando en el kiosco hasta que se casó con un tipo cualquiera que le daba tremendas palizas durante esa época tan oscura del año.

Hasta que un día ella perdió la paciencia y se sacó la cabeza frente a él. El tipo no le volvió a pegar nunca más y vivieron felices el resto de sus vidas.

jueves, 7 de enero de 2021

Harris Marvin - Bueno Para Comer

 

Si a lo largo y ancho del globo hay pueblos y culturas que detestan, incluso hasta el límite de la repugnancia, alimentos que para otros son perfectamente aceptables, la definición de lo BUENO PARA COMER no puede basarse sólo en la pura fisiología de la digestión, sino que debe contar también con las tradiciones gastronómicas de cada pueblo y su cultura alimentaria. En este apasionante estudio, MARVIN HARRIS muestra cómo los alimentos preferidos (buenos para comer) son aquellos que presentan una relación de costes y beneficios prácticos más favorable que los alimentos evitados (malos para comer) y que «la arbitrariedad de los hábitos alimentarios puede explicarse mediante elecciones relacionadas con la nutrición, con la ecología o con dólares y centavos».

Recomendado por Luis



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